Sé que existe un juego en el que todos terminamos participando. Consiste en decir ciertas cosas en ciertos lugares, aunque pensemos otras. En defender posiciones que luego contradicen nuestros actos. En construir una versión de nosotros mismos que resulte más fácil de sostener que la verdad. La coherencia entre lo que uno piensa, dice y hace es tal vez el reto más difícil de la vida adulta. Y en tiempos donde todo parece dividido en bandos irreconciliables, mantenerla tiene un costo que casi nadie termina pagando por completo. Ni yo. Soy vehemente cuando respondo chats. Comparto cosas en redes que sé que pueden incomodar. Tengo posiciones frente a las que no suelo dejar demasiado espacio para los matices. Hay personas a las que no creo que el diálogo pueda rescatar. Hay causas que me generan más desconfianza que entusiasmo. Hay momentos en los que pienso que insistir en ciertas soluciones es como seguir sembrando en una tierra que ya dejó claro que no va a dar fruto. Lo sé. Para muchos...
. Existe una sensación horrible que parece magia: la de extrañar lo que nunca vivimos. Le llaman anemoia en español, saudade en portugués, Sehnsucht en alemán y desiderium en latín; pero a mí me gusta llamarle: «¿Por qué, hijo de puta, me pasa esto?». Es contradictorio, porque muchas cosas que sí he vivido no logro recordarlas. Comencé a darme cuenta de esto hace poco, escarbando en recuerdos que al parecer ya no tengo. En cambio, a menudo extraño situaciones que nunca viví. Y no me refiero al fenómeno que despiertan producciones como Stranger Things, que apelan a una nostalgia aspiracional conectando con los ochenteros y hasta con los que nunca vivimos en esa década que cambió el mundo para siempre. Estoy hablando de un multiverso. De esa situación en la que te quedas atrapado en la línea del tiempo paralela que creaste en tu mente, donde las cosas que tú ...