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La falla se llama vida

 



En días como hoy no puedo creer que detrás de esto esté Dios. No ese Dios romántico y color pastel que nos venden, ese que supuestamente tiene un plan perfecto para todo. No. Para mí Dios es un ingeniero exhausto que lleva siglos intentando reparar una falla monumental: la vida misma. Un sistema mal diseñado donde amás con todo, entregás tu alma, creás vínculos irrompibles… solo para terminar despidiéndote para siempre. ¿Qué clase de Dios cuerdo diseñaría algo así?


Hoy tuve que dormir a mi perro. Trece años y medio de amor puro, de lealtad silenciosa, de compañía absoluta. Y me niego a aceptar que haya algo hermoso o trascendental en eso. No hay enseñanza. No hay “todo pasa por algo”. No hay paz. Lo único que hay es un dolor seco, áspero, frío, que te arranca el pecho y no da explicaciones.


Y no quiero una carta. Ya le dije todo. Quiero encontrar una maldita cura para el dolor. Porque sé que esto se repetirá. Sé que llegará el día en que tenga que enterrar a mis padres, a mis seres queridos, y no importa cuántos discursos espirituales o palabras de consuelo existan… la verdad es que no le encuentro sentido a esta maquinaria que nos tritura una y otra vez.


Dios existe porque lo he sentido, pero no creo que él haya creado esto. O, si lo hizo, está tratando de arreglarlo desde entonces. Y no lo logra. Nos intenta proteger, salvar, remendar la herida que él mismo abrió. Pero no lo logra. Porque la vida es una falla. Un accidente. Una ecuación que se resiste a cerrarse.


Y por eso nos inventamos placebos: religiones, frases de gurús, cursilerías de Instagram, pseudofilosofías hippies que te dicen que “el desapego es amor” y que hay que “soltar sin sufrir”. ¡Mentira! Esa narrativa la inventaron los cobardes emocionales que no se animan a amar hasta el fondo. Amar de verdad es apegarse, es comprometerse, es doler. Porque cuando se va, se te va una parte del alma también.


Detesto ese positivismo tóxico que le quiere sacar belleza hasta al sufrimiento más atroz. Hay cosas que no tienen nada de bueno. Hay muertes que no enseñan nada. Hay dolores que no te hacen mejor persona, solo más solo, más desgarrado, más despierto.


Y esa es la verdad que nadie quiere mirar. Que la vida no tiene garantía, ni propósito visible. Que lo único real es lo que se puede tocar. Y yo, lo que toqué hoy, fue el cuerpo sin vida de quien me dio todo sin pedir nada. Eso es lo único cierto. Lo demás es anestesia.


Y no, no me voy a quedar atrapado en esta tristeza para siempre. Pero sí la voy a atravesar como se debe: llorando, gritando, extrañando. Porque la única forma real de superar el dolor es viviéndolo completo. Quien no sabe sufrir, tampoco sabe amar. Y por eso esta generación frágil no sabe ni sostener una caricia.


El amor real es una apuesta con alto precio. Y yo estoy dispuesto a pagarlo. Porque amo así: con apego, apego no como dependencia tóxica, sino como la huella profunda que deja alguien que fue parte de tu vida, de tu cama, de tu rutina, de tu corazón. Amo con las entrañas, con responsabilidad afectiva. Amo con pasión y entrega, sin tibiezas, sin grises. Y si eso duele, que duela. Yo no vine a esta vida a anestesiarme. Vine a vivirla con todo. Incluso cuando se rompe.


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