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Analfabetas en el espejo


Sé que existe un juego en el que todos terminamos participando. Consiste en decir ciertas cosas en ciertos lugares, aunque pensemos otras. En defender posiciones que luego contradicen nuestros actos. En construir una versión de nosotros mismos que resulte más fácil de sostener que la verdad.

La coherencia entre lo que uno piensa, dice y hace es tal vez el reto más difícil de la vida adulta. Y en tiempos donde todo parece dividido en bandos irreconciliables, mantenerla tiene un costo que casi nadie termina pagando por completo. Ni yo.

Soy vehemente cuando respondo chats. Comparto cosas en redes que sé que pueden incomodar. Tengo posiciones frente a las que no suelo dejar demasiado espacio para los matices. Hay personas a las que no creo que el diálogo pueda rescatar. Hay causas que me generan más desconfianza que entusiasmo. Hay momentos en los que pienso que insistir en ciertas soluciones es como seguir sembrando en una tierra que ya dejó claro que no va a dar fruto.

Lo sé. Para muchos eso basta para ubicarme en una categoría.

Pero con los años he descubierto que lo más interesante no ocurre en quienes piensan distinto a mí. Ocurre en mí. Porque después cierro el teléfono y vuelvo a mi vida. Veo cómo cuido a mis padres, cómo trato a mis animales, cómo intento proteger a la gente de mi equipo cuando siento que alguien abusa de ellos. Y entonces aparece una pregunta que todavía no logro responder del todo: ¿cómo puede el mismo hombre ser tan paciente en unos espacios y tan inflexible en otros?

No tengo una respuesta elegante. Apenas una sospecha: tal vez todos habitamos varias versiones de nosotros mismos al mismo tiempo. Una que discute y una que escucha, una que juzga y una que comprende, y ninguna termina de imponerse por completo.

Por eso me llama la atención lo que sucede cuando las personas que construyen su identidad alrededor de la apertura, la inclusión o el diálogo se encuentran con alguien que piensa distinto. Muchas veces hacen exactamente lo mismo que dicen combatir. Se van de los grupos, dejan de seguir, bloquean, descartan al otro, a veces incluso con un desprecio que se parece demasiado al que denuncian. No lo digo desde un pedestal. Lo digo porque reconozco el mecanismo.

Todos construimos relatos donde nosotros somos los razonables y los otros son el problema. Elegimos un bando y después buscamos las piezas que nos permitan sentir que llegamos allí por pura lógica. Nos gusta pensar que somos observadores imparciales de la realidad, pero la mayoría de las veces somos abogados de nuestras propias convicciones. Y quizá eso sea más humano de lo que estamos dispuestos a admitir.

Al final las etiquetas importan menos de lo que creemos. Izquierda, derecha, conservador, progresista, moderado, independiente — la mayoría termina defendiendo una tribu aunque utilice palabras distintas para describirla. Y mientras discutimos sobre quién tiene la razón, casi todos seguimos deseando cosas parecidas: calles donde no dé miedo caminar, gente que pueda vivir con dignidad, instituciones que funcionen, menos corrupción, menos abuso, menos cinismo. El desacuerdo rara vez está en el destino. Está en el camino. Pero hemos llegado a un punto donde preferimos perder el objetivo antes que concederle una victoria al otro. Nos hemos vuelto expertos en señalar defectos ajenos y bastante analfabetos cuando se trata de mirarnos al espejo. Yo incluido.

Y sin embargo la vida tiene una manera extraña de burlarse de nuestras certezas. Termina la semana, apagamos las pantallas, vamos a una fiesta, a un matrimonio, a una reunión cualquiera, y nos sentamos en la misma mesa junto a personas con las que horas antes habríamos discutido durante páginas enteras. Y entonces pasa algo inesperado: aparece una historia, una carcajada, una cerveza, una anécdota sobre los hijos, los padres, el trabajo o las cosas que duelen. Y de repente el debate pierde volumen, no porque alguien haya ganado, sino porque recordamos algo que las discusiones suelen esconder — que al frente no hay una ideología, hay una persona. Imperfecta, contradictoria, convencida de algunas cosas y confundida por muchas otras. Exactamente igual que nosotros.

La vida no espera a que nos pongamos de acuerdo. Nunca lo ha hecho. Sigue avanzando mientras discutimos quién tiene la razón, y nosotros avanzamos con ella — a veces lúcidos, a veces ridículos, casi siempre contradictorios — jugando un juego cuyas reglas nadie entiende del todo, pero en el que todos participamos como si las conociéramos de memoria.


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